Por más que te veo, no te recuerdo, por más que te tengo, te hecho más de menos. No sé aún quien eres, ni de donde vienes, ni donde vas. Lo único que sé es que eres viajero, en esta carretera angosta que es la vida. Mi vida. Lo único que entiendo, es que a veces te quiero matar.
Has entrado por mi puerta, y me pareció verte entrar con unas alas, de águila, o tal vez el alcohol tergiverse las cosas a través del cristal de mi vaso, y no fuera más que una ilusión óptica y fueran tus alas de negra paloma, y te convertiste en pantera en el momento en que me tiraste sobre la cama. Igual me equivoque en esta parte también, por culpa de beber más de la cuenta, y lo único que hicieras fuera hipnotizarme con tus ojos felinos.
Adoro tu lengua viperina, y, muy a pesar, tu veneno letal. Mañana procuraré no despertarme con la esperanza de que todavía estés a mi lado, prefiero dejarte el balcón abierto, aunque llueva, para que me riegues los claveles y te marches a volar.
Contradictoriamente tuya.
